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Mayo 2019


La pampa salitrera como paradigma poscolonial de la identidad chilena

Un paradigma literario implica el reconocimiento de una estructura asimilable, tanto formal como temáticamente. Es decir, una composición desde la cual un escritor podría reconocer cierto potencial, seleccionar algunas características pertinentes y aplicarlas a una narración, en consecuencia, con sus objetivos personales o socio-culturales. Por supuesto, lo anterior solo se justificaría si dicha estructura otorgará las suficientes posibilidades creativas y discursivas para perdurar como alternativa literaria dentro de la historia, es decir, trascender a su propio campo literario.
A partir de dicha definición, la pampa salitrera se constituiría propiamente como un paradigma de la literatura chilena. Primero, porque sería posible referirse a ciertos textos como integrantes de una llamada novela del salitre. Segundo, porque en estos se hallarían ciertas características comunes, tanto en aspectos temáticos como estructurales. En este sentido, obras como Tarapacá (1903)de Juanito Zola, Sub-Sole (1904)de Baldomero Lillo, Rebelión en la pampa salitrera (1937) de Theodor Plievier, Hijo del salitre (1952) de Volodia Teitelboim, La Reina Isabel cantaba rancheras (1994) de Hernán Rivera Letelier, entre otras [1], conformarían parte de la llamada “literatura del salitre”.
En efecto, todas las novelas referidas comparten un espacio narrativo específico, caracterizado por elementos como la soledad, la miseria, el desamparo, la heterogeneidad de un mundo apartado o distinto del resto del país, constituyéndose así un imaginario salitrero propio de lo subalterno. De tal modo que sería posible afirmar que la pampa salitrera, ubicada geográficamente en medio del Desierto de Atacama, se establecería efectivamente durante el siglo XX como una región individualizada del norte de Chile. Es decir, una localidad —un espacio geográfico— a la que se le atribuye, desde y para la literatura chilena, un imaginario y, a partir de ello, una narrativa particular y diferente, por ejemplo, a la de Chiloé. En otras palabras, se le interpretaría como un paradigma cultural.
En palabras de Ángel Rama, lo anterior no significa que dicha literatura “[s]e vincule con una realidad concreta […], sino que, más estrictamente, se integra a las obras de la cultura en las cuales la realidad se resuelve al nivel de la conciencia humana, y forma el discurso cultural general que va desarrollando una sociedad para comprenderse y cumplir un destino histórico (Rama, 8)”. Entonces, la pampa salitrera, al conformar una identidad de lo “pampino”, se explicaría —así misma— como una zona cultural que, a la vez, integraría una posible identidad chilena. Como señala Larraín: “[…] en la construcción de cualquier versión de identidad, la comparación con el “otro” y la utilización de mecanismos de diferenciación con el “otro” juegan un papel fundamental” (32).
Ahora bien, no resulta extraño que esta “narrativa salitrera” se haya estructurado históricamente, en consecuencia, con ciertas motivaciones políticas, sociales e ideológicas; cabe agregar, asociadas a movimientos de izquierda como sindicatos, partidos políticos o, simplemente, a afinidades de tipo intelectual. En tal sentido, cabrá destacar que la representación crítica de personajes subalternos como actores de novelas y cuentos del salitre, además de las imágenes literarias del sufrimiento de estos, no correspondería, en primer término, a la voz de sus protagonistas, sino a la de narradores, quienes solo observarían, retratarían y criticarían, como resultado de objetivos personales, políticos o socio-culturales, por lo general, nacidos desde el exterior de la pampa. Como Said expresa: “Nadie ha inventado un método que sirva para aislar al erudito de las circunstancias de su vida, de sus compromisos (Conscientes o inconscientes) con una clase, con un conjunto de creencias, con una posición social o con su mera condición de miembro de una sociedad” (Said, 29). Luego, la reflexión acerca del lugar del ser subalterno y de la pertinencia del concepto en los estudios culturales y literarios, se hace pertinente.
En el caso de los escritores mencionados como integrantes del paradigma literario de la pampa salitrera, dicha reflexión parece particularmente interesante en torno a la figura de Hernán Rivera Letelier, por cuanto él se desmarcaría, en algunos aspectos, de la forma tradicional de abordar este espacio narrativo, al legitimar su discurso —y sus ventas—, asumiéndose discursivamente como un auténtico minero y, por ende, como un testigo real del mundo desaparecido de las salitreras. Es decir, Letelier se (auto)posicionaría en el lugar de un subalterno, narrando desde dentro y no distanciadamente como ha sido la tónica de la mayoría de las novelas del salitre.

La novela del salitre dentro del contexto de la subalternidad
Presentado el paradigma, cabría preguntar, ¿qué se entiende a priori por subalternidad? En principio, una posición negativa —no como juicio de valor, sino como contracara— surgida de ciertas relaciones de poder y de saber que conformarían las sociedades, e incluso las identidades nacionales. Sin embargo, esta definición no resulta de ningún modo suficiente, ya que, contextualmente, la relación subalterno/dominado se nos revelaría como una instancia establecida desde un discurso dominante, que percibiría a un “otro”, dentro de su propio retrato, para luego posicionarlo como subyugado. Entonces, lo subalterno se identificaría con un nombre general para el atributo de la subordinación, corresponda esta a clase, casta, edad, género u oficio....
En un sentido poscolonial, la subalternidad estaría compuesta por aquel o aquellos que no poseen discurso, por cuanto no tienen el poder para emitirlo, o bien, se encuentran subyugados por alguna fuerza dominante. Por ende, el minero, el indigente, el loco, el pobre, el ladrón, la mujer, etc., podrían ser considerados como sujetos subalternos, representados en la literatura, por medio de una voz hegemónicamente autorizada. Por ejemplo, se entiende que Baldomero Lillo narraría como “escritor europeo”, no como trabajador de la pulpería de Lota. Cito a Spivak:
El individuo subalterno no puede hablar. Pues no existe mérito alguno en la lista completa de la lavandería donde la “mujer” sea vista como una prenda piadosa. La representación no se ha marchitado. La mujer intelectual tiene como intelectual una tarea circunscripta que ella no puede desheredar poniendo un florilegio en su firma” (Spivak, 228)
El problema que se origina de la afirmación citada es que si el subalterno no habla, como Spivak asevera, todo intento externo por representarlo no sería auténtico. Es decir, siempre habría confrontación contra un imaginario viciado por el propio discurso del escritor, perteneciente a un lugar predilecto respecto a los discursos de poder y, por ende, su fiador. De tal modo que lo subalterno, inserto en el discurso hegemónico, se entendería solo como un artificio para expresar algo tangencialmente distinto. De modo que se podría concluir que cualquier lectura de la novela del salitre como novela de la subalternidad o de falsa subalternidad resultaría totalmente parcializada.
Sin embargo, el subalterno, en cierto modo, sí estaría presente como discurso dentro del relato, ya que el personaje literario incluso podría traspasar su ficcionalidad hacia la Historia y viceversa, siendo reconocido como algo más que un personaje de ficción. Consecuentemente, podríamos cuestionarnos el cómo sería la recepción entre el “bajo pueblo”, pues se generaría, con mucha probabilidad, una especie de amalgama entre el sujeto literario y el sujeto histórico.
A partir de la disyuntiva de la voz del subalterno, valdría comprender entonces de qué manera se podría entender esta literatura si quien utiliza los mecanismos legitimados para hacerse comprender proviene desde esa subalternidad o no, puesto que sería dogmático asumir que los elementos de una identidad heterogénea queden totalmente eclipsados por las estructuras de poder que se utilicen para elaborar un discurso, en este caso literario. Por consiguiente, ese silencio de la subalternidad antes planteado sería más bien atribuible a un discurso de poder que pretende evitar la inversión del mundo, por miedo a la rebelión. Dicho de otro modo, subalterno se entiende como un punto de vista que, desde el discurso hegemónico, pretendería imponerse por sobre la idea de carnaval, entendido esta como lo “otro” tomándose el poder. Luego, el subalterno sí podría hablar.
En este sentido, más que una oposición respecto a las palabras de Spivak, quien precisamente critica a la Academia por su perspectiva respecto al “otro”, estas pueden (re)interpretarse , entendiendo que cualquier representación del sujeto subalterno como un sujeto histórico, o sea, dentro de la Historia como actor, implicaría en sí una posibilidad discursiva, que no se daría bajo los parámetros estáticos de los imaginarios anclados de la dominación [2]. De tal modo que se superaría el concepto en pos de una reivindicación de la igualdad, dentro de una “una concepción culturalista e histórica” que reconoce lo heterogéneo: la diferencia de la diferencia, para decirlo en “verso deconstructivista”. Entonces, literariamente, el discurso de lo “otro”, siendo lo subalterno solo un imaginario, sería reconocible desde el punto de vista de los individuos o colectivos reales, identificables en la historia, desde el narrador o narradores y, por ende, desde el uso mismo de la lengua. Estos puntos, por sobre la tematización, ya que esta se encontraría condicionada ellos.
En conclusión, podríamos afirmar que la novela del salitre se presenta, entendida de este modo, como una memoria que lucha por no desaparecer, ya que formaría parte activa de la Historia de Chile y, por ello, conformaría, igualitariamente, una representación de lo chileno, más allá del origen de la voz literaria: “Lo que Me llamo Rigoberto Manchú nos obliga a confrontar no es al subalterno como víctima “representada” de la historia, sino en cambio como un agente de un proyecto histórico transformativo que aspira a devenir hegemónico según su propia dinámica” (Beverley, 123).
La cita de Beverley, extendida al plano de la novela, llevaría a entender que el concepto subalterno no sería más que parte del imaginario y de la narración de un sector que se siente dominante. Por lo tanto, podría afirmarse que la emergencia de lo llamado subalterno por un grupo específico, irremediablemente alteraría ese poder o ese saber hegemónico que lo mantenía hasta ese momento desplazado: la aparición de Letelier dentro de un plano dominado por Bolaños, Jodorowsky, Sepúlveda, Allende, Skármeta…, implica la irrupción de una zona cultural y, por lo tanto, de un agente de esa cultura. En consecuencia, el concepto de gnosis fronteriza, me parece de mayor pertinencia para los estudios culturales:
Un pensamiento otro desde y más allá de las disciplinas y la geopolítica del conocimiento inserta en los estudios de área, desde y más allá de los legados coloniales, desde y más allá de la división de género y de las prescripciones sexuales y desde y más allá de los conflictos raciales. En este sentido, la gnosis fronteriza representa un deseo de superar la subalternidad y una unidad de construcción de los modos de pensamiento subalterno. (Mignolo, 162)

Hernán Rivera Letelier: ¿escritor de la subalternidad?
A la sazón de lo señalado: ¿Hernán Rivera Letelier pertenece a la subalternidad? Sí y no. El hecho de que se catalogue como un minero del salitre, podría suponer un rasgo intencional de subalternidad, por cuanto recurriría al imaginario, incluso de lo exótico, para vender entre sectores curiosos. Sin embargo, no por ello dejaría de ser un agente histórico. Luego, si lo pensamos respecto a su pertinencia para estudiarlo dentro un hipotético canon lo posicionaríamos de inmediato en un rango académico.
Así también, respecto a la narrativa misma su ubicación resulta compleja, debido a que él se confiesa, ante todo, un imitador de formas, pero no un lector avezado, lo cual cuestiona, en parte, la idea borgiana de escritor. En efecto, él se reconoce esencialmente como poeta y narrador, pero su éxito lo atribuye a la imitación de autores como Márquez o Rulfo: “Hay como dos ciclos. El primero cuando descubro a los 20 años que llevo un poeta adentro […] El otro ciclo empieza cuando escribo La Reina Isabel cantaba rancheras, ahí mi vida cambia ya en todos los sentidos. Paso de proletario a propietario” [3]. Asimismo, él ha creado la imagen de que sus conocimientos acerca de autores como Borges, Cortázar y Rojas, entre otros, son extrañamente recientes, lo que reafirmaría la particular posición de este escritor dentro de las letras nacionales. Tal como se ha venido señalando, hablar de subalterno, incluso en un plano intelectual, resulta por definición difuso; en especial si hemos de considerar al “otro” como un agente histórico, como de hecho podría entenderse la narrativa de este autor y, por extensión, la novela del salitre.
De todas formas, lo que resulta incuestionable sería la irrupción de Rivera Letelier en el escenario de la narración chilena y latinoamericana. O sea, destacaría su emergencia como superviviente de las salitreras: de minero, tras el cese de faenas, del cierre de campamentos y hasta después de haber “trabajado” en desarmaduría y rapiña en las oficinas salitreras se convierte, súbitamente, en éxito de ventas en un medio como la literatura. Lo curioso, a propósito del tema de la subalternidad, es el cuestionamiento que recibió de parte de algunos críticos, quienes, al presenciar su triunfo, sospechosamente dudaron de la capacidad de este escritor para novelar, prejuiciados, seguramente, por el origen del mismo. A lo menos, esto reafirmaría lo dicho acerca del punto de vista y el dominio:
Han dicho tantas cosas de mí en Chile. Se decía por ahí que era un mito que alguna vez yo había sido obrero. Que la historia de las salitreras y toda esa cosa las había inventado como marketing. Otro rumor que también me hacía reír mucho decía que en realidad yo no escribía mis libros, que ponía la cara. Como era un personaje más o menos pintoresco.... [4]
A partir de esto, el mismo Rivera Letelier se ha tomado de dicha catalogación para vender de mejor forma dentro de lo que podríamos considerar sectores dominantes de la cultura, aprovechándose incluso de que la crítica lo ha situado junto con autores como Isabel Allende y Antonio Skármeta. Visión crítica que, por supuesto, no impediría realizar, paralelamente, una lectura que incluya los aportes hechos como agente desde un posicionamiento artificialmente subalterno, al poner nuevamente dentro del campo literario el espacio salitrero, e incluso, innovar respecto a la representación de este. Tarea que yo pretendo, someramente, en este artículo.
Desde un análisis literario, no se puede negar que sus novelas ofrecen una novedad respecto de la producción anterior del paradigma del salitre, no por un tema político, pues él se reconoce de izquierda y su obra podría ser leída desde ahí, pero sí por el foco de la narración. Dicho de otro modo, Letelier no se sitúa desde la labor pampina misma, sino en una posición ulterior, en que rememora pueblos —ahora fantasmas—, en los que él también vivió como minero: “Nació en Talca en 1950, pero desde niño vivió en diversas oficinas salitreras” (Letelier, 7). En este contexto, algunas de sus obras más destacadas son La Reina Isabel cantaba rancheras (1994), Fatamorgana de amor con banda de música (1998) y Los trenes se van al purgatorio (2000). Textos que, técnicamente, imitan, por un lado, el realismo-mágico, a la manera de García Márquez y Juan Rulfo y, por otro, voces locales del salitre, ya sea de historias vividas o extraídas de diversos medios, sin excepción, pertenecientes a personajes subordinados y discriminados, pero que, en voz de este ex minero, invierten la autoridad. En este sentido, lo importante sería que, con él, resurge la voz del salitre dentro de un contexto nacional marcado por lo urbano, lo policial, lo esotérico, los medios, etc.
En síntesis, podría aseverarse, incluso a modo de hipótesis, que Letelier recuperaría narrativamente la pampa salitrera como tema de la literatura chilena, proponiendo, tácitamente, una nueva lectura respecto a la configuración o comprensión de una hipotética identidad nacional, desde una localidad que parece haber sido olvidada por las autoridades. Identidad pampina, por definición heterogénea, que surgiría a partir del reconocimiento de elementos propios de un mundo construido a partir del colonialismo-económico británico-estadounidense, nacido de la explotación misma del salitre y desde su reubicación memorial, sobre la base de los textos de este autor. A continuación, abordaré, brevemente, qué papel desempeñó aquel mundo, lejano para el santiaguino y el sureño, en la historia nacional.

La “pampa salitrera” como imaginario histórico
Nuevamente una pregunta: ¿cómo debiera ser entendido el discurso de un sujeto subalterno, según quienes ostentan el poder, que pretende dar cuenta por medio de una novela de una localidad, e incluso de una identidad? Obviamente, la pregunta adquiere una importancia radical. Primero, porque la pampa salitrera se constituye como un paradigma postcolonial, es decir, como una región que funcionó en algún momento como colonia de intereses extranjeros, desarrollándose en y, paradójicamente, al margen del Estado de Chile.
Segundo, porque su permanencia dentro del devenir histórico está marcado precisamente por el discurso de personajes subalternos, aun cuando estos sean representados por voces externas en la literatura: “[…] leer y discutir el texto en una clase universitaria no es la solución a la “situación urgencia” que genera la narración testimonial” (Beverley, 123). Como consecuencia, la pampa salitrera sería identificable, tal como señalara en líneas anteriores, como una particular construcción cultural e histórica, considerada por ciertos escritores como tema literario y, para responder a la pregunta, como reivindicación de ciertos derechos, al anular discursivamente la subalternidad. Esto es aún más evidente en la figura de Letelier, quien representa, en sí mismo, aquel mundo olvidado.
En concordancia con lo señalado, la elección del poscolonialismo como punto de vista en conjunción con la temática de la subalternidad se justificaría en función del conocimiento que poseemos de cómo se constituyeron las numerosas ciudades salitreras del norte de Chile durante finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX y, ciertamente, cómo estas desaparecieron tras el cese de las inversiones extranjeras. En efecto, al realizar una rápida lectura de la historia de nuestro país queda de manifiesto que estos contextos nacieron al amparo de inversionistas británicos, primero, estadounidenses, después, y, solo hacia el final de su vida, por inversiones mixtas entre el Estado y privados. Cabe mencionar, por cierto, que la relación con el Estado de Chile nunca fue especialmente buena para los mineros; incluso podrían identificarse varias situaciones trágicas, tales como la masacre sucedida en 1907, así como numerosas movilizaciones a lo largo de su historia. Luego, se entiende que la literatura del salitre también se constituye como un paradigma poscolonial de las letras chilenas.
En primer lugar, culturalmente no se puede negar que la pampa salitrera se estableció como un espacio heterogéneo y complejo: pobladores de los puertos aledaños, pequeños comerciantes, funcionarios públicos, maestros, policías, administradores, aventureros y jefes, casi siempre europeos. Además, pese a ser un espacio particularmente masculino, también las mujeres conformaron dicho mundo: madres, profesoras, prostitutas… En este sentido, la unidad pampina se basó, principalmente, en la identificación de un espacio geográfico, aislado del resto de Chile, por la actividad realizada y por la vida generada, a través de la inversión de capitales extranjeros. Por ello no es extraño que dicha sociedad-económica poseyera trabajadores de distintas nacionalidades, aunque, cabe recordar, el poder fue sustentado durante décadas, primordialmente, por ingleses y estadounidenses: extranjeros de todas partes del mundo “trajeron sus formas de vida, sus costumbres, sus lenguas, sus esperanzas de retorno” (González Miranda, 32), conformando, de este modo, una sociedad que nació del salitre y perduró hasta su caída como bien económico.
En segundo lugar, como fecha del declive puede situarse 1930, época de la Depresión, por cuanto, durante aquellos años, muchas oficinas salitreras se vieron forzadas a cerrar dando origen a la formación de pueblos fantasmas:
Al amparo del nuevo sistema de relaciones entre el estado y las empresas surgieron nuevas oficinas, como María Elena (1927) y Pedro de Valdivia (1930). Estas, junto a Chacabuco —todas pertenecientes al grupo Guggenheim— fueron, con otras tres que trabajaban según el sistema Shanks, las pocas que continuaron sus faenas durante la crisis de 1931. (Villalobos, Silva y otros, 773)
Por supuesto, tras la perdida de la inversión extranjera, resultaba natural que las ciudades construidas al amparo del mineral desaparecieran, poco a poco, por cuanto el apoyo del Estado de Chile no fue suficiente, en consecuencia, con las ganancias que esas tierras le otorgarían. En este sentido, los “colonizadores” dejaron completamente a su suerte urbes completas situadas en medio del desierto. Lo cual reafirmaría, por cierto, aquella imagen de una tierra que nació, creció y murió en territorio chileno, pero fuera de Chile. De este modo, desde el tiempo en que los británicos, quizás, motivaron La Guerra del Salitre, hasta la desaparición definitiva de las salitreras después de 1970, la pampa se desarrolló de manera autónoma respecto al centro del país, históricamente centralizado.
En síntesis, se reconoce un particular influjo o desarrollo que no sería perceptible en otras zonas del país, por lo menos no entendidas como colonias-económicas y que, además, permitiría remitirse críticamente acerca de la explotación sufrida por los mineros chilenos desde el punto de vista, narrador y lengua utilizados por los escritores del salitre. Por consiguiente, podría afirmarse que este mundo de la pampa salitrera se constituyó como una realidad heterogénea, distanciada históricamente de la capital y que, en la obra de Letelier, se presentaría como una memoria que lucha por no desaparecer, recurriendo con este objetivo a la voz de sus propios integrantes, de la subalternidad —si hemos de usar el concepto—, canalizadas en la pluma de un minero-escritor, también de origen subalterno o de subordinado, en consecuencia con las aclaraciones realizadas en párrafos anteriores.

Síntesis de una propuesta de lectura
A partir de lo hasta aquí tematizado, parece importante sintetizar lo expuesto en una sola hipótesis aplicada a dos obras de Hernán Rivera Letelier, de modo de explicitar de mejor manera la reflexión propuesta acerca de la subalternidad y de lo postcolonial. En este sentido, los textos literarios a revisar son La Reina Isabel cantaba rancheras (1994) y Los trenes se van al purgatorio (2000).
Entonces, cabe decir que ambas obras se caracterizarían por situar la narración en personajes subalternos, lo cual, a partir de las consideraciones realizadas acerca del punto de vista, el narrador y la lengua, permitirían plantear, a modo de hipótesis, que los narradores de Letelier —miembros de la subalternidad— desarrollarían una voz, nostálgica muchas veces, con la cual pretenderían restaurar la memoria nacional respecto a este particular mundo del salitre, hoy reducido a meras ciudades fantasmas. Lo relevante, en este caso, sería que, efectivamente, Letelier pertenece a esa otredad.

De la Reina Isabel cantaba rancheras
La Reina Isabel era la prostituta más amable, generosa y paciente de la salitrera Algorta, donde además ostentaba el título de la más antigua. Razón por la cual su muerte se transformó en un evento que remeció la vida de la ya casi desierta tierra del salitre: “¡Se nos fue la Reinita, poeta crestón! ¡Se nos murió la chabelita!” (Letelier, 28); “La dos prostitutas que salieron disparadas de el camarote de la Reina Isabel, clamando a gritos, totalmente trastornadas: ¡Está muerte! ¡Está muerta!” (41). Esta es la base argumental de una novela que gira, exclusivamente, en torno a la noticia de la muerte de esta prostituta, (re)construyendo la vida de la pampa salitrera, sobre la base de los testimonios y recuerdos de quienes la conocieron y la amaron en vida. Paralelamente, el relato se constituye como una metáfora de la muerte misma del salitre.
Como se desprende del párrafo anterior, los personajes retratados en La Reina Isabel cantaba rancheras son, básicamente, individuos de la otredad o marginales respecto a lo exterior, pero centrales dentro de este particular mundo. En efecto, en la narración se identifican voces de prostitutas, mineros viejos, un cura de ideas arcaicas, un loco, un poeta… Es decir, se transforma al lector en testigo de cómo la gente del salitre, casi abandonada a su suerte en los últimos momentos de vida de la pampa, irónicamente, dan existencia a un espacio olvidado, constituyéndose ellos en autoridades y ciudadanos: “Estupefacto y absurdo, parado en medio del desierto más triste del mundo, este humilde animal pampino, minero y vinero sin vuelta y amigo personal de la Reina Isabel” (Letelier, 245). Un lugar, ciertamente, en que ni el Estado, ni los “gringos” permanecieron, sino solo aquellos seres que consideraron dicha tierra como la propia: “Y es que la Reina Isabel no cambiaba su pampa del carajo por ningún otro lugar del mundo” (Letelier, 72). Sobre la base de una lectura política, no sería iluso plantear que se genera, durante todo el relato, una “sacada en cara”, a sectores que los considerarían a ellos como subalternos, de la situación dramática a la que llegó la existencia de los mineros.
Consecuentemente, cabría anotar que, dentro de ese mundo encaminado hacia la desolación, esta “otredad” acusadora ocuparía el lugar del dominante, especialmente las prostitutas, por lo cual, se podría aseverar que la hipotética representación como subalternos se eliminaría reivindicando, discursivamente, a los habitantes de aquel paradigma cultural: “El texto de Rivera puede situarse con propiedad en el ámbito del grotesco bachtiniano, por cuanto se constituye como la celebración popular de las miserias de un cuerpo bendito” (Cánovas, 65). En este sentido, la Reina Isabel y demás prostitutas de la Oficina son, en última instancia, quienes determinan el accionar de los hombres que aún sobreviven sobre la base de la explotación del mineral. Inclusive, el apodo de Reina Isabel podría leerse como una carnavalización de la autoridad británica, tal como si dijera: “Nosotros somos los pampinos, esta es nuestra reina, aquí nos abandonaron”. No en vano, las salitreras constituyeron una colonia británica sobre suelo chileno, que, al percatarse del fin de la ganancia económica, optaron por dejar en el desamparo a sujetos que no podían vivir de otro modo o no deseaban renunciar a este lugar en el desierto. Luego, se entiende la noción política de paradigma postcolonial y, a la vez, la subversión del mundo como herramienta de inserción identitaria dentro de la Historia de Chile.
Otro punto relevante sería que los habitantes de la pampa salitrera construirían una identidad desde la voz de dos narradores, a los cuales les heredarían las historias privadas y públicas de la convivencia en aquella tierra. Nótese cómo ellos otorgarían primero la palabra a los narradores, por cuanto si no existieran como verdades históricas para Letelier, no habría qué contar, ni qué reivindicar. Específicamente, dos son estas construcciones discursivas que cuentan al lector acerca de ese mundo “abandonado”, pero que, indudablemente, forma parte de nuestro Chile.
Además, cabe destacar cómo ambos narradores pretenden mostrar dos tiempos distintos para observar el mundo: el primero, omnisciente, distante, cuenta cómo van sucediéndose los hechos; el segundo, testigo, cercano, cuenta cómo sucedieron los acontecimientos: “Me acuerdo como si hubiese sido ayer no más” (Letelier, 43). Dos instancias narrativas que juegan simultáneamente con la ficción y lo real, por medio de la temporalidad y por el tipo de discurso estructurados. No obstante, a estos narradores se agrega el personaje de un escritor que se autorrepresenta como testigo vivencial del salitre y que subyace bajo cada palabra, por lo cual, el relato se confunde con la Historia generando la confusión entre historia, narración y relato. Desde dicha construcción narrativa, además, se percibiría un efecto similar al de vaivenes discursivos, los cuales otorgarían un sentido fantasmagórico a la narración: son acontecimientos que están ocurriendo, desde la posición del narrador omnisciente; son hechos que ya sucedieron, desde el punto de vista del narrador testigo; son acciones que el mismo autor pudo haber realizado. Es decir, las acciones aparecen, desaparecen, se difuminan en la voz de personajes y narraciones que conforman un mundo con una identidad clara.
Obviamente, esta estructura permite a la fábula no limitarse a una narrativa meramente testimonial y, transformarse, de este modo, en un agente activo de reconstrucción de un elemento conformante de nuestra identidad nacional. En otras palabras, los narradores y el mismo autor pretenderían dejar en claro qué significó lo pampino para el norte de Chile y, por ende, su afán de representarlo desde la actualidad. Evidentemente, el cruce que se produce entre ambos narradores y ambos tiempos de narración al final del relato, representa de manera explícita el deseo de sobrevivir al menos como denuncia del abandono de los poderosos, en un tiempo que se repite y se repite de manera cíclica por medio de la lectura, aun cuando, realmente este lugar ya no exista: “Una Reina a la cual todos terminamos queriendo del mismo modo como se quiere a la pampa; con su áspero ámbito de piedras y sus dulces espejismos azules…” (Letelier, 247)
No menos importante es el hecho de que ambos narradores recurren a una lengua propia de la región, pero no arcaizada. Como señala Ostria González:
“Una práctica ejercida desde la precariedad del sujeto marginal, desde un habla popular, socarrona; una retórica hiperbólica, barroca y carnavalesca; una visión que, no obstante la condición miserable de la vida narrada, no exenta de violencia, reafirma la dignidad de la condición humana, en su capacidad de resistencia, de ternura, de humanidad” (76).
Aun así, se reconocen diferencias entre uno y otro narrador. El principal, omnisciente, asume una voz hegemónica de narrador tradicional, respecto a la novela del salitre; en cambio el testigo, parece querer imitar la oralidad y, con ello, asumir una voz estrictamente popular, que, no obstante, es la que ha desaparecido. Por consiguiente, dicho cruce de discursos plantean al lector una heterogeneidad que no solo se reflejaría en tipos humanos, permitiéndonos, por lo tanto, superar la noción de subalterno, a favor de un concepto filial como el de gnosis fronteriza.

De los trenes se van al Purgatorio
Argumentalmente, Los trenes se van al purgatorio relata el viaje de tres días y tres noches en un tren llamado “Longino”. Tren que realizaba un recorrido desde Iquique hasta la Calera, siendo este el medio de transporte habitual para atravesar el Desierto de Atacama en dirección a las oficinas salitreras y viceversa. Contextualizado en dicho viaje, Letelier presenta, al igual que en La Reina Isabel cantaba rancheras, las sufridas existencias de un grupo heterogéneo de pasajeros, en el que aún se reconocen prostitutas, trabajadores de las oficinas, gitanos, etc., relacionados con el mundo del salitre. directa o indirectamente, e incluso, como coincidencias vívidas de las memorias de los mismos personajes: “Había tenido que sacudir fuerte la cabeza. Y es que, en verdad. Lo que vio aparecer frente a él fue el espejismo vivo de Uberlinda Linares sonriéndole lúbricamente desde las dunas de su memoria” (Letelier, 14).
Sin embargo, a diferencia del relato anterior en que la pampa salitrera se transformaba en reivindicación de lo local, pareciera ser que, tras seis años desde su primera novela, Letelier ya no siente la necesidad de restringirse a un ideario exclusivamente pampino, al haber sido legitimado como escritor del salitre; es decir, ha incorporado su discurso de lo “otro” en las letras chilenas. Lo cual no significa que esta narración no suceda dentro de ese citado paradigma literario o represente personajes de ese mundo —como en efecto lo hace—, sino que sus preocupaciones narrativas pueden ahora abarcar una temática mucho más amplia, incluso más universal. Por ende, podría hipotetizarse que sus posibilidades creativas irían, en esta novela, más allá de lo local, es decir, se insertarían dentro de un imaginario global, debido a que la pampa salitrera se constituiría, así misma, como metáfora universal: “Harán desaparecer el tren que recorrió el siglo de arriba abajo” (155); “Desaparecerá el tren, amigos míos, y con él, la última cuota de romanticismo del siglo” (Letelier, 156).
De tal modo que, Letelier, en esta novela, no recurre a un eje argumental, estructurando la narración a la manera de un retablo de personajes que pretende, al mismo tiempo, ser una metáfora de la vida misma, al entender este viaje como un purgatorio de seres miserables, y una representación de la salitrera, del modo como sucediera con el imaginario de La Reina Isabel cantaba rancheras. Entonces, la pampa se transforma en un elemento que, desde lo local, “se universaliza como temática humana, configurando una impresionante metáfora del retorno imposible, del gran espejismo que oculta la certeza de la muerte inevitable” (Ostria González, 76).
Ahora bien, ¿cómo se estructuran los narradores de Los trenes se van al purgatorio? Al igual que en el relato anterior existen dos narradores que coinciden respecto a la estructuración discursiva de la novela previamente revisada. Sin embargo, en esta ocasión, la voz popular, la oralidad, es asumida por un personaje típico del tren del norte: un cuenta-cuentos. Por consiguiente, esa será la tarea de este personaje: irrumpir en ciertos momentos de la narración con algún relato específico acerca de las salitreras. Incluso, cuando le preguntan por su fuente de inspiración, él responderá sencillamente que es “la vida misma”.
Además, el lenguaje sigue desempeñando un papel fundamental, especialmente a un nivel léxico. Los narradores se esfuerzan por representar de manera adecuada las voces de los distintos personajes que viajan en este tren, sin olvidar sus propias marcas textuales que permiten diferenciarlos como “escritor” y “cuenta cuentos”. No en vano, la lengua es el medio por el cual puede legitimarse el discurso de la pampa salitrera e insertarse dentro de la identidad nacional.
Entonces, Letelier estructura dos discursos de manera simultánea, planteando la heterogeneidad de la representación de esta tierra por medio de la novela y del narrador que, por una parte, escribe convencionalmente (escritura, universal) y, por otra, naturalmente (oralidad, local). No obstante, ambas voces, en definitiva, provienen de la misma pampa y se cruzan para representar aquella realidad “otra”. Por cierto, formas narrativas acordes con la afirmación de Mauricio Ostria González, quien considera que “Este sentimiento contradictorio es esencial a la identidad pampina” (72). Lo que le permite afirmar, posteriormente que “de este modo, Rivera Letelier se inserta en la tradición cultural literaria pampina, pero la renueva y al hacerlo recupera para la narrativa chilena y latinoamericana el ámbito de la pampa como lugar propicio a las más variadas e increíbles historias, desde una perspectiva postmoderna y mestiza” (76). Emerge el tema de la identidad.
De tal modo que, a partir de estos discursos, se configura un espacio que presentaría para los narradores cierta nostalgia por el mundo del desierto, por cuanto, en la actualidad solo constituye una imagen fantasmagórica, utópica “[…] mientras su corazón en delirio es perforado por el silbato del tren alejándose, prosiguiendo su irreal itinerario por las ciento cuarenta y dos estaciones espectrales, sus ojos dolorosos miran desvanecerse en el aire, en la ardua luz de la pampa, la silueta transparente, ilusoria, melancólica, del último vagón” (Letelier, 191).

CONCLUSIONES
El presente trabajo sirve como introducción para una revisión más acabada de la novela del salitre respecto a intereses que traspasarían la literariedad o, en otras palabras, el análisis meramente textual. Esto, al resultar recomendable, incluso como marco de estudio literario, abarcar las problemáticas mismas de la cultura, de la historia y de la noción de identidad, respecto al sujeto creador y a colectivos receptores o viceversa. Asimismo, corroboré, con mi trabajo, que la irrupción de Letelier no debiera ser reflexionada solo con un sentido negativo frente a su éxito de ventas o sus estrategias literarias, como ha sucedido por ejemplo con Isabel Allende, sino también como la actividad de un agente histórico (re)construyendo dentro de la heterogeneidad lo chileno. En cierto modo, actividad que nos permitiría como críticos trabajar dentro de un plano de realidad que no se encuentra en una clase universitaria, tal como señala Beverley.
Por último, las reflexiones realizadas en torno a La Reina Isabel cantaba rancheras y Los trenes se van al purgatorio me parecen insuficientes, aunque válidas dentro del marco de estudio utilizado. En este sentido, me parece pertinente ampliar la investigación cultural, histórica y literaria en torno a este autor y a la novela del salitre, con el objetivo de poder comprender mejor forma como la literatura va creando imaginarios en sus lectores y cómo un sujeto puede transformarse en agente histórico y cultural desde la literatura.