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Abril 2019


Literatura e Historia. La ciencia ficción en Chile

Dado este título, en esta presentación me permitiré hablar de tres aspectos (trataré de ser breve): historia de la ciencia ficción chilena; definición del género, donde hablaré de la importancia de la historia en la ciencia ficción; y la obra de Jorge Baradit a la luz de estas ideas.
Un poco de historia de la ciencia ficción chilena
Contrariamente a lo que se piensa, la escritura de ciencia ficción en Chile no es una práctica inexistente o sólo reciente. Ya en el siglo XIX aparecen las primeras muestras del género y la producción no deja de aumentar a lo largo del siglo XX, con un paréntesis en la década de los sesenta, un remontar en los ochenta y noventa, que conduce a un cierto auge actual.
Las dos primeras narraciones relacionadas por completo con esta modalidad, que se remontan a la década de 1870 son ¡Una visión del porvenir! O el espejo del mundo en el año 1975 (1875) de Benjamín Tallman y Desde Júpiter (1877) de Francisco Miralles, publicada con el seudónimo de Saint Paul. En la primera, un texto breve, que, según se dice en la portada, “contiene un misto de ciencia i novela, i con la que el autor se propone recrear a toda clase de lectores… interesando su intelijencia en el progreso i adelanto moral i material del mundo”, el narrador relata un sueño sobre una estadía en el futuro, donde lee un periódico, cuyos avisos comerciales trascribe, entre ellos uno que promueve “fotografías májicas instantáneas” de animales en movimiento y otros de empresas que ofrecen servicios de navegación aérea.
En la segunda, un joven chileno que es transportado a Júpiter por el poder del magnetismo, conoce las investigaciones sobre la Tierra que allí realizan los sabios, quienes, gracias a complicadas tecnologías como el “microscopio indefinido” y la fotografía, observan la vida en nuestro planeta y en particular en Chile, para detectar signos de adelanto –el vapor, el telégrafo, la imprenta y el globo aerostático, entre otros— y de atraso:
Parece que todo se conjura en contra de nuestras previsiones. Hemos procurado encontrar sus puntos de adelanto, i cuando nos acercábamos al término de nuestros trabajos, empieza uno de nuestros compañeros por descubrir que se fuma el tabaco; otro, descubre que el alcohol, producto de tanta utilidad para la ciencia i la industria, se lo beben; otro viene luego con que emplean la pólvora para matarse; ahora el señor sostiene, que dos ratones éstos, no pertenecen a un jardín zoolójico!
A esta etapa fundacional, según Bell y Hassón sigue, en la primera mitad del siglo XX, una fase de preludio al florecimiento del género de fines de los años cincuenta, con obras escritas en tres categorías: relatos utópicos de crítica social, aventuras espaciales y narraciones de mundos perdidos basadas en la historia y la mitología nacional. Lo que sigue es lo que Remi-Maure ha llamado la “edad de oro” de la ciencia ficción chilena, la cual se inaugura en 1959 con la publicación de Los altísimos de Hugo Correa, autor reconocido como el padre de la ciencia ficción nacional. Inserta en el imaginario de la guerra fría, Los altísimos narra la experiencia de su protagonista en un mundo extraterrestre, Cronn, el cual, bajo su apariencia de perfección, esconde el control absoluto de la población ejercido por los Altísimos.
Como ocurre con la narrativa en general, desde el golpe militar, la producción de ciencia ficción en Chile decae, pero nuevamente empieza a remontar en los ochenta, con obras como La última canción de Manuel Sendero (1982) de Ariel Dorfman y El ruido del tiempo (1987) de Claudio Jaque. El género experimenta un nuevo impulso en los noventa, representado por el libro de relatos de Jaque Puerta de Escape (1990) y las novelas De repente los lugares desaparecen (1992) de Patricio Manns, Flores para un cyborg (1997) de Diego Muñoz y 2010: Chile en llamas (1998) de Darío Oses, texto que constituye un cierre significativo para esta década, pues, en un imaginario apocalíptico, describe un país agonizante, donde el neoliberalismo y la sociedad del espectáculo han terminado diluyendo la nación.
En el nuevo siglo, la ciencia ficción chilena experimenta un notorio resurgimiento, expresado en la publicación de una veintena de obras, tales como las de Jorge Baradit a las que me referiré a continuación; Identidad suspendida (2006) de Sergio Amira; La segunda enciclopedia de Tlön (2007) de Sergio Meier, El Púgil (2008), Zombie (2010) y Rockabilly (2011) de Mike Wilson, y Los tiempos de la caimaguana (2011) de Dauno Tótoro. A lo anterior hay que agregar varias antologías como Años luz. Mapa estelar de la ciencia ficción en Chile (2006) de Marcelo Novoa, Alucinaciones.txt (2007), los cinco poliedros, la antología Cuentos chilenos de Ciencia Ficción publicada por Norma en (2010) así como el volumen colectivo de textos coordinado por Baradit, Bisama Ortega y Wilson, Chile. Relación del Reyno 1495-2210 (2010).

2. Algunas consideraciones respecto al género
Una definición general de ciencia ficción (que reformula los términos propuestos por Darko Suvin), podría basarse en dos elementos: el extrañamiento temático, especialmente en relación con la tecnología (lo que Suvin llama el novum), y una suerte de realismo, o si se quiere transparencia en la representación, que refracta, no solo el futuro, sino también la historia, y la política. Es decir, a través de los artilugios tecnológicos lo que la ciencia ficción suele estar discutiendo es el pasado y también nuestro aquí y nuestro ahora, además de adelantando, más que utopías, las distopías que el presente nos hace temer para el porvenir.
La idea es de Carrere, no mía: cuando en El hombre del castillo Dick relata un presente estadounidense en que el Eje ha resultado triunfante, donde un escritor, Hawthorne Abdensen, narra en una novela –La langosta se ha posado- que los vencedores fueron los aliados, hay que mirar la imagen invertida en el espejo si se quiere ver la historia real: la democracia estadounidense de la postguerra es una fantasía y el escritor Phil K. Dick ha descrito, en El hombre en el castillo, el fascismo real (escribí esto a comienzos de año, pero la elección de hoy nos muestra la verdad de Dick). Esto que he intentado explicar se expresa también en la obra de Jorge Baradit.

La obra de Jorge Baradit
A la fecha, Jorge Baradit (Valparaíso, 1968) ha publicado las novelas Ygdrasil (2005), Synco (2008), Kalfukura (2009) y Lluscuma (2013), además de la nouvelle Trinidad (2007), la novela gráfica “Policía del Karma” (2011), relatos dispersos en distintas antologías y la muy exitosa Historia secreta de Chile (2015, la más popular ese año), que en 2016 ha tenido su continuación.
Entonces, volviendo a la definición que antes proponía de ciencia ficción, la ejemplificaré con algunas de estas obras. En Ygdrasil, Baradit se sirve de dos submodalidades del género de fines del siglo XX: el ciberpunk y el splatterpunk. En la primera, surgida en los ochenta con los relatos de William Gibson, el escenario central es el ciberespacio, donde una suerte de detective de serie negra, un “cowboy de consola”, intenta interferir con el poder globalizado. El mundo, saturado por la tecnología y sus desechos, es dominado por grandes corporaciones globales. En Ygdrasil el ciberpunk se combina con el splatterpunk, que incluye agresividad explícita, torturas, violaciones, desmembramientos, derrames de órganos y fluidos.
Sirviéndose de estos dispositivos, los que hibridiza con mitologías latinoamericanas, ciertas visualidades como el muralismo mexicano, cierta vanguardia y/o postvanguardia de la segunda mitad del siglo XX, además del comic, Baradit representa un espacio latinoamericano dominado por empresas globales que han reemplazado al estado-nación:
La empresa se volvió tan monstruosamente grande que negoció la compra de una extensa superficie de aguas internacionales entre el golfo de México y África. Con los años, una enorme costra metálica se fue asentando en el fondo del Atlántico, con millones de habitantes distribuidos en decenas de secciones productivas. Cuando la primera generación de personas nacidas dentro de las instalaciones hubo alcanzado la mayoría de edad, la Chrysler redactó una constitución, entregó cartas de nacionalidad y pidió autorización para ingresar en la ONU como estado soberano.
En el capitalismo global informatizado, los sujetos son fragmentados y esclavizados por la tecnología y la conexión a redes computacionales, convirtiéndolos en piezas de maquinarias poshumanas utilizadas por poderes desconocidos.
En tanto Synco, puede ser caracterizada como una ucronía, es decir una narración en que la historia se desarrolla cambiando lo realmente ocurrido: Augusto Pinochet no se sumó al golpe de Estado contra Salvador Allende, con lo cual la Unidad Popular continuó gobernando y logró poner en práctica una tecnología computacional pionera no miniaturizada. Sin embargo, esta aparente modernidad esconde, igual que en Ygdrasil, un sistema de producción esclavista regido por un gobierno totalitario. En tanto en Lluscuma (2013) el protagonista es el nieto de un general de la república, quien ha sido uno de los principales victimarios. El final opera como una sublimación de lo ocurrido en la dictadura, cuando los detenidos desaparecidos retornan a la Alameda:
Desde el fondo de la Alameda vienen caminando ellos, los que fueron arrebatados desde los brazos de sus familias. . . ahí vienen todos ellos, los que estaban desaparecidos vienen. Y vienen todos, no falta ninguno. Miran extrañados en todas direcciones, sonriendo nerviosos, con sus ropas de siempre, los lentes en su lugar, las carnes limpias de heridas, y perfectos, tal como estaban justo antes de ser robados y desvanecidos. Los familiares se bajan de autos y buses, y corren entre la multitud buscando a los suyos, y los reconocen y se abrazan y lloran juntos y nunca más, y se hincan y yo me quedo en el suelo, solo y abrazado a mí mismo (253-4).
Una última muestra de la imbricación entre historia y literatura en la obra de Baradit es el uso que hace del mito del imbunche, lo que podríamos insertar en algo así como una historia de los imaginarios sociales. Como señala la antropóloga Sonia Montecino, el imbunche es un niño raptado por los brujos para cuidar sus cuevas, quien:
sufre deformaciones y torturas que lo convierten en una mezcla de humano y animal. En primer lugar los brujos le quiebran la pierna izquierda y se la adosan a la espalda. . . por lo que camina dando brincos; luego le tuercen la cabeza hasta darla vuelta. . . para despistar a los intrusos. . . . También se sabe que se le obstruyen todos los orificios del cuerpo, excepto la boca.
En la tradición literaria chilena, el imbunche ha tenido un lugar prominente. Está en Don Guillermo de Lastarria (1860); en Mitopolis (1959) de Joaquín Edwards Bello y, por supuesto en El obsceno pájaro de la noche (1970) de José Donoso. También en su ensayo La muralla enterrada, Carlos Franz lo usa para dar cuenta de nuestra supuesta identidad mutiladora.
Baradit lo relaciona con la esclavitud informática, por ejemplo, en la Horda Odínica, “elite guerrera” y “guardia del templo” de la Sección 14 de la Chrysler, la de los navegantes: “les cosían todos los orificios del cuerpo. Los ojos eran vaciados y las cuencas alojaban hardware que sobresalía de las órbitas como cuernos sensoriales, conectados al sistema neurovegetativo a través de los nervios ópticos”, con la esclavitud sexual en el caso de las perras y de Mariana y con el personaje llamado imbunche, el líder sindical de la Sección 14 de la Chrysler, un psicópata libidinoso y asesino, quien es representado como una suerte de artista vanguardista, cuyo modelo, es el artista australiano Stelarc.